jueves, 28 de julio de 2011

DESPUÉS


Después de colgar un cuadro en la pared, lo miras y puedes ver la inmensidad de la pared recortada por una figura de lados iguales.

La pared blanca impasible, queda tras ese esfuerzo del arte del bricolaje.

Miras despacio. Miras el blanco puro y pacífico que espera ser manchado por algún cuadro como el que acabas de colgar.

Y si en el cuadro está mi foto, entonces iluminas esa pared insípida con esta carita risueña que te alegrará en momentos tristes y te alborotará el alma en instantes agitados de furia desatada.

He ahí que ocurrirá después de que tú decidas colgar el cuadro.

¡Avísame y lo celebramos!

Y, de paso, mira por la ventana.

Unas gardenias tímidas asoman sus blancos capullos.

Se desperezan poco a poco y desprenden sus aromas.

Te animan a sentir esa paz que ansías.

Después de todo esto existe el silencio.

Esta vez el silencio no es otra cosa que felicidad tranquila.

Uno crece con el tiempo.

Madura como la fruta y se despereza como la lluvia de una tormenta de verano.

Entre aspavientos, como ejercicio inicial, te encuentras con una inquietud perdida.

Esa inquietud te lleva al despilfarro y acabas actuando incesantemente.

Escribes y verborreas palabra, sin ton ni son, hasta que te lleven a la inspiración que harán de ti, después, eso que tienes escondido y olvidado.

Y todo será después.

martes, 26 de julio de 2011

LOS CARAMELOS DE AURELIO

Había una vez un castillo eterno

y visitas le hacían el día y la noche.

Una reina hermosa y viajera

coronaba en aquel trono.

Un almacén de carruajes

visitaba en la trastienda

y cada alba un caballo blanco y veloz

la paseaba por aquel paraje.

El castillo tenía un rey

y la reina un marido

y éste un corazón triste

que alegraba en el olvido.

Pero su dulzura le mantenía,

dulzura cual caramelo,

que regalaba con esmero

a la gente de la ciudad.

Una fábrica él poseía

de azúcar y canela.

Rodeada de panales de miel dorada

aromas frutales y licores de especias.

Su tiempo entretenía,

entretejiendo hilos finos de almíbar

hilados al compás del cariño

de un alma triste.

Pero un día la reina decidió quedarse

y no viajar mas a otros lugares.

Miró al rey con elegancia

y un tierno beso depositó en su mente

tierno y dulce como los caramelos de Aurelio.

Caramelos que ya no podía fabricar,

pués sus manos carícias esta vez hilaban

y los habitantes del pueblo,

contentos por su rey,

decidieron hacerse pasteleros

en sus espacios libres del tiempo...

martes, 19 de julio de 2011

ANDREA Y EL PALACIO DE LAS PRINCESAS


Había una vez,
una nena muy dulce
que se llamaba Andrea.
Una niñita muy bonita
y muy pequeña.

Andrea era una sorpresa
como esas que llegan
cuando menos te lo esperas

Cuando andaba,
Andrea paseaba.
Cuando hablaba,
Andrea tarareaba.
Cuando miraba,
Andrea te iluminaba
con sus ojos de estrellas.

Vivía en una gran ciudad
de esas con muchos coches
que tienen muchas luces,
casas muy altas
y en la que vive mucha gente.

Pero desde su ventana
un palacio se divisaba
un palacio de ensueño...
que Andrea visitaba
todas las noches de invierno.

Allí vivían muchas princesas
y cada noche
una diferente conocía
pequeñas princesas de todo el mundo
sólo para conocerla venían

Porque Andrea era alguien muy especial
Andrea era una gran princesa,
que un día sería reina.

Y en ese palacio,
todas las noches,
había un gran baile
para el que cada día Andrea
especialmente se vestía.

Su mamá cada noche,
le preparaba un precioso vestido
y se lo dejaba junto a la cama
y cada vez que cerraba los ojos,
los volvía a abrir y...
¡ya puesto lo llevaba!

Se lo pasaba tan bien
en el palacio de las princesas,
que esperaba feliz
la hora de ir a la cama.

Y todos los días,
la dulce Andrea
daba un besito a su papá
un besito a su mamá
y corriendo se acostaba

-¡Buenas noches Andrea!
(y su mamá le dejaba el vestido preparado)
-¡buenas noches mami!
(y cerraba los ojitos)


-¡Hola princesas!

DOÑA URRACA

Ha aparecido un pajarillo
por el parque de mi ciudad.
Con cola larga y mechones blancos.

Es negro como el carbón
y viene con ganas de jugar.

Doña Urraca
que así se llama,
ha venido desde muy lejos.

Y se ha dejado un nidito
lleno de polluelos.

Doña Urraca viene
en busca de un tesoro escondido,
brilla tanto a lo lejos,
que ha abandonado su nido.

pero al llegar a este sitio
ningún tesoro ha hallado.
Y unos niños juguetones
la han cazado.

En una jaula
dorada como el sol,
con mil pajaros mas
intentan meterla

pero,
como doña Urraca es salvaje
y tiene la fuerza de un huracán,

ha conseguido escaparse
y con ella,
todos los demás.

Y esa jaula,
era aquel brillo deslumbrante
aquel tesoro a lo lejos,
que la apartó de su nido.

pero ahora vuelve a casa
acompañada
y los polluelos están felices
y su família ha aumentado
y...

Doña Urraca está contenta
porque un tesoro
ha encontrado.

martes, 12 de julio de 2011

FISGONES

Érase una vez un músico con vaqueros que tocaba la flauta. Se llamaba Marcos y era un hombre muy nervioso. Todos los días se levantaba muy temprano.
Se ponía sus pantalones y salía de su casa en silencio con mucho cuidado, como si fuera a escaparse y no quisiera que nadie lo viera llevando su flauta en la mano agarrada con orgullo y cautela.
A continuación bajaba por la calle de la iglesia y torcía a la derecha en dirección hacia la antigua vaquería. Allí, lentamente y mirando de un lado hacia otro como si alguien lo observara se acercaba hacia el portal número catorce y deslizando su dedo, con cuidado como si fuera a cometer algún delito, lo depositaba sobre un timbrecillo antiguo, de los que ya no quedaban, como los que habían en las casas en la época del cambio de siglo.

Llamaba una vez, al cabo de veinte segundos llamaba otra vez y así sucesivamente durante dos minutos y veinte segundos, a la séptima llamada, como si estuviera cronometrado, alguien le abría desde el interior de aquel edificio antiguo, el cual tenía una gran altura para ser de su época. Se podía ver perfectamente mi ventana y eso que estaba a bastantes metros de aquí.
Era así, pues, la misma escena todos los días, cuando el gallo cantaba, Marcos salía de su casa en dirección a la calle norte.

El verde de los naranjos, confundiendo la maleza salvaje del descampado de enfrente de mi casa, da la alegría a la vista desde mi ventana. Creo que si no fuera así me costaría mucho respirar aquí en la gran ciudad. Y allí, al lado de los naranjos de la mansión del constructor rico, se alzan, bellas y asalmonadas, las casitas de enfrente.
A lo lejos la montaña del tiburón, donde una vez me perdí en sueños, permanece erguida, día tras día, mañana tras mañana.
Son las cinco, ¡vaya! Ahí está el señor Marcos, puntual como siempre. Sale de su casa repitiendo la operación de todos los días, parece que nunca se cansa ¿Por qué actuará tan misteriosamente…?
Una vez, hace mucho tiempo se cruzó con Herminia, la mujer del cocinero del bar de la esquina, esta señora no tiene muy buen carácter, y todos los sabemos, pero el señor Marcos lleva muy bien ese tipo de cosas…
Iba cada uno por su acera mirando el suelo y con la bufanda bien enroscada al cuello muy ensimismado en lo suyo, como si no hubiera nadie más en todo el lugar, parecía una ciudad fantasma ante ellos. De repente Marcos le saludó enérgicamente como si quisiera despertar al barrio entero con sus buenos días, (cosa extraña en él, por su actuar sigiloso de todos los días). Herminia ni siquiera levantó la mirada, aceleró el paso hacia algún lugar.
De normal, solo él andaba a esas horas por allí, nunca se cruzaba con nadie.
Pensando, pensando, había recordado que hoy había una reunión en mi edificio.
Menos mal que había caído en ello pues no quería faltar, parecía de interés el motivo.

Las siete de la tarde, al salir de casa, cerré la puerta fuertemente.
Quería asegurarme que me oirían salir de casa. Mi vecina Resti, eneros momentos estaba muy ensimismada mirando la tele, seguramente no se acordaría de la reunión, así seguro que lo recordaría. Marcelo estaba en el sofá recostado, con un puro apagado en los labios, intentando respirar de entre sus profundos ronquidos. La noven sana, que se pasaba el día trabajando, no tenía ganas de ir, se lo había dicho a su marido, pero al oírme salir, (¡vaya! Hasta yo me iba a presentar) decidió acompañarlo.

Bajando por el ascensor pensaba que “la de Yanqui” no llegaría a tiempo, pues estaba en la tienda comprando queso.

Allí abajo, en la portería estaban casi todos los vecinos que yo sabía que iban a ir menos la chica soltera del quinto y su vecina.
El policía empezó a hablarnos dijo que había algo muy importante que comunicarnos. El presidente, que era catalán y con un par de narices, mantenía el orden del zaguán.
La gente se apresuró a preguntar, antes de oír, lo que tenían que comunicar.


_ ¿Ocurre algo en la finca?
_¿… Pero hay que preocuparse…?

-No, señores no es algo peligroso, pero digamos que no es muy agradable y está penalizado por la ley.

-¿Aquí en la finca?
-No, (contesto rotundamente el policía del octavo)
El caso es que se está llevando una investigación privada (ahora ya no lo era tanto) acerca de unos fisgones que merodean por aquí.

El aliento se me entrecortó, mi corazón empezó a latir muy fuerte, pero gracias al prudente comentario de la señora Lolín se me pasó instantáneamente el mal trago.



-Pero, ¿no son de aquí, verdad? Usted ha dicho que no.
-No, bueno, no está comprobado, pero puede ser cualquiera: el tendero, el panadero, la señora de enfrente o quizás alguien desde la iglesia…


-¡El cura!, seguro que es él…! (dijo alguien desde el bullicio)
Seguramente había sido el hermano de Isidro que no era católico y veía muy mal el asunto de la iglesia.
El presidente, con un par de narices, tranquilizó de nuevo al personal.

Mientras tanto dentro de mí, algo se revolvía y mi sudor comenzaba a ser cada vez más frío. Por mi mente un sin fin de pensamientos se aceleraban…
Tal vez el padre de Pepito que también era un poquito rarito como su primo, la tía de Lina y ella misma las que lo llevaban todo escondido…

Por la cabeza me iban pasando las imágenes de todos los vecinos del edificio, los de las casitas asalmonadas, los de todo el barrio e incluso los de toda la ciudad, yo los conocía a todos, podía averiguarlo todo, podía saber quién…


Allí abajo, en la portería estaban casi todos los vecinos que yo sabía que iban a ir menos la chica soltera del quinto y su vecina.
El policía empezó a hablar nos dijo que había algo muy importante que comunicarnos. El presidente, que era catalán y con un par de narices, mantenía el orden del zaguán.
La gente se apresuró a preguntar, antes de oír, lo que tenían que comunicar.

_ ¿Ocurre algo en la finca? ¿Algo malo?
_¿… Pero hay que preocuparse…?

-No, señores no es algo peligroso, pero digamos que no es muy agradable y está penalizado por la ley.

Se abrió la puerta de la entrada, sigilosamente, como si se hiciera de esperar el entrante, allí lentamente con unos pasos pausados y misteriosos se acercó una figura que iluminó un foco del techo como si fuera el confesor de un crimen.

Mi mirada se perdió en el horizonte, Ya no miraba aquel rostro del músico con pantalones vaqueros que tocaba la flauta iluminado por el foco. Ahora, y después de explicarles a todos su investigación a cerca de los fisgones del barrio, era a mí a quién miraban todos.

De camino hacia el coche de policía, lo único en lo que pensaba era en como no se me había podido pasar por la cabeza que un músico llamado Marcos, con pantalones vaqueros que tocaba la flauta y madrugaba día tras día misteriosamente, me estaba vigilando a mí.


Me acercaron a comisaría, sin esposar…, mejor así, que no es un delito grave…

LA FÁBRICA DE SENTIMIENTOS

Te han adulado muchas veces por tus sentimientos, dicen que eres muy sensible, muy duce y muy buena. Esto último te lo han dicho menos, pero tú sigues creyendo lo que quieres.
También te han dicho que allá a lo lejos se ven de otro modo las cosas.
Pero lo que tú no sabes es que allá a lo lejos en Laponia hay un lugar muy pequeñito donde los duendes existen, donde el frio le hace a uno olvidar hasta sus sentidos. Allí, allí mismo está la fábrica de sentimientos.

Hay un sobrecargo impresionante, la gente hace varios turnos para poder trabajar con aquello.

Los sentimientos llegan muy bien empaquetados, desde todas las partes del mundo. Todos van a parar allí y la gente lo sabe.
¡Qué pena que tu no!
Existe un hombre que se encarga de repartirlos todos los años por Navidad. Los mete en un trineo y vuela... ¡vuela!
Tus sentimientos se están amontonando allí.
Todos los días alguien se acuesta muy tarde, se pasa horas y horas leyendo, mirando, conociendo, pensando que hacer contigo.
Lo hace a escondidas pues si su jefe supiera que muestra tanto interés por un caso, le delegaría a otra sección menos interesante.
Si tú duermes alguien duerme. Si tú te despiertas... ¡Sí! Alguien se despierta contigo y te sigue en tus pensamientos.
Al pobre lo llevas martirizado, sí que es verdad que a él le apasiona, pero no hay razón para esto.
Pienso que cuando escondes algo, o algo te hace esconderte... tus sentimientos se amontonan en algún lugar de tu ser y eso se convierte con el tiempo en una espinita, como la de las rosas, que se te clava y te duele incluso con un simple roce.
Deberías decírselo, escribe lo que piensas y mételo en un frasco de cristal llévalo al mar, desde las rocas altas del faro... y... ¡tíralo! Suéltalo allí para siempre.
Si le llega es lo justo, si no es que pasó tu oportunidad.
Es una opción casi absurda, pero es como lo que te pasa a tú. Es una absurda posibilidad que tienes entre un millón.

En la fábrica hay muchas estanterías, unas son más altas y otras son más bajas, pero todas, todas están llenas de sentimientos...
Sentimientos que una vez dejaron atrás, que una vez olvidaron, o que una vez olvidaron olvidar que los tenían. Allí están todos.

La gente que no los tiene,... ¡vaya! ¿Nunca te has parado a pensar que mucha gente se vuelve muy amable en Navidad, que en ciertas épocas parecen volver sentimientos que ya no sentías?
Bueno pues, te presento el lugar de los sentimientos, es ella la fábrica de los pensamientos, es un lugar bonito para visitar y a lo mejor te encuentras con alguien que vive allí día y noche.


Así es que díselo, díselo de una vez y no sobrecargues más de trabajo a los duendes...
Dile que una vez te perdiste en las montañas. En sueños encontraste ese lugar, del que ahora, yo te hablo, y que necesitas hablar, porque si no, gracias a ti, más de un duende no dormirá esta noche.

lunes, 4 de julio de 2011

DE ESO NADA

De eso nada.
Las huellas borradas por el mar se pueden apreciar en la orilla de la playa, y no en otro lugar.


Ese fue el mensaje que Ricardo Zabarcero envió a Luisa Mahón el día de su entierro.
Estaba enfrente del nicho y entre sus manos, un teléfono móvil le sugería muy amable que la persona del féretro le estaba hablando.
Dos pensamientos se cruzaron como un rayo veloz en su cerebro argentino, pues claro era que la hija de Mari Fé de Mahón tenía ascendencia argentina, pero vayamos al asunto en cuestión.
El mensaje era tan extraño que en lugar de confundirle su procedencia le absorbía su significado.
Alzó la mirada dirigiéndola al resto de familiares, amigos y conocidos allí reunidos.
Pensaba que quizás alguien le estaba tomando el pelo de una forma un tanto morbosa.

Pero no había ningún comportamiento sospechoso, la gente lloraba al difunto y todos se sumían en su dolor.
De nuevo miró el mensaje para comprobar una vez mas sí era cierto que Ricardo Zabarcero se había comunicado con ella.
Y así era, era cierto.
¿Qué debía hacer?, ¿debía decirle a alguien que estaban enterrado a alguien que enviaba mensajes por teléfono?, quizá… ¿debía desahogarse con alguien, contándole que alguna persona le había gastado una broma de mal gusto?

Durante unos segundos pensó. Y ante la situación decidió que una sola vez no era motivo de alarma. Tal vez algún despistado…
Prosiguió entonces su triste silencio ante aquel evento.

Después del entierro Luisa Mahón se dirigió hacia su coche que estaba aparcado delante del casino viejo, lo abrió, entró, se sentó y colocó las llaves dentro del contacto. Arrancó el viejo Ford siete caballos de su madre y doblando la esquina se dirigió hacia su casa.

Sólo quedaron la señora Adelaida y Pedro, su padre; un hombre enfermo del corazón a quién la muerte de su único hijo había afectado profundamente.
Tono, el campos entero, que no conocía a Ricardo Zabarcera, les miraba atentamente, esperaba el momento adecuado para ofrecerles su pésame. Finalmente se decidió y se acercó, tendió su mano a Pedro y depositó un beso en el frío rostro de la señora Adelaida. Después desapareció de entre los muchos pasillos fúnebres.


Ricardo Zabarcero tenía un puesto en el mercado de la avenida.
Se dedicaba a vender frutas y verduras y era muy feliz.
Él estaba casado con Luisa Mahón “la argentina”, pues su tatarabuela Rita lo era. Y era muy feliz.
Mari Fe de Mahón era una viuda rica que tenía un SEAT Panda y también era muy feliz.
La señora Adelaida, tenía un puesto de huevos dos puestos más abajo del de Ricardo.

A Mari Fe le gustaban mucho los huevos de la señora Adelaida e iba todos los días a comprar una docena. Nunca se sabía que hacía con tantos huevos, pero cada día renovaba su huevera.
Bien se sabía que entre la señora Adelaida y Pedro (el padre de Ricardo Zabarcero) había cierto roce. Todo empezó el día que llegó Mari Fe al pueblo hace cincuenta años. Era de un pueblo cercano, pero sus raíces venían de más lejos. Tenía entonces, el pelo más negro y largo de todo el pueblo y las piernas más largas de toda la región. Era una muchacha singular sin duda…
Parecía una salvaje salida de la selva de Sudamérica, y claro está cautivó más de un joven y no tan joven corazón.
Se dedicaba ella, entonces, a la venta de huevos. Vino cargada de huevos, como decían con tono irónico algunos muchachos del pueblo.
Pero era aparte de muy linda, una muchacha muy bondadosa y se casó, se casó con el hombre más rico de todo el pueblo.
Pedro era un agricultor muy refinado que tenía una pequeña huerta de manzanos que eran todo su orgullo. Siempre que iba al campo se arreglaba con el mejor de sus trajes, heredados de su padre el banquero, y se perfumaba como si fuera a conquistar a la mujer más bella del lugar. Se decía pues que estaba enamorado de sus manzanos. Pero las cosas no eran así.
Pedro bebía los vientos por la señorita Adelaida, la maestra del pueblo.
Los padres de ésta tenían una pequeña casita de verano en la huerta.
¡Qué casualidad que su huerta y la huerta de manzanos de Pedro eran colindarías!
Todos los días después de la escuela y antes de la comida la señorita Adelaida se paseaba por la huerta, según ella, era bueno aquel sol y aquel aire fresco, para su delicado cutis.
Pedro con aire distinguido la esperaba todos los días en las maderas del linde solo para saludarla.
Dos años duró aquel tímido y casi escondido saludo del día. Llegó el momento de buscar un pretendiente para la madurita ya, maestra del pueblo.
Así fue, Leopoldo Desventura era, el más indicado.
Pedro con sus manzanos se quedó.
Mari Fe enviudó inesperadamente tras la guerra. Sin huevos se quedó el pueblo. Pues según dicen las malas lenguas los huevos de Mari Fe, tras la muerte de su rico marido, se acabaron.

Mari Fe aún con un par de años más, seguía siendo las muchachas con el pelo más negro y largo del pueblo, la cual tenía las piernas más largas de toda la región.
Seguía despertando más pasiones que cualquier jovencita soltera.
El Alcalde don Juan Carlos, el cual erigía su cargo, como el del mismísimo rey (con su propio nombre), algunos decían que se lo había puesto él mismo; cayó rendido a los pies de la ex –huevera del pueblo.
Una noche de verano mientras la orquesta tocaba al son de la fiesta, éste ebrio de vino como nunca se había visto y a escondidas murmuró su amor al oído de Mari Fe que, medio dormida, estaba apoyada en un árbol.
Al mes siguiente contrajo de nuevo matrimonio Mari Fe.
Mientras, Pedro cada día más triste y cada año más rico lloraba todos los domingos en misa. Sentado en el último banco de la iglesia, le rogaba a Dios una esposa para consolar su soledad y llenar el vacío de su amor prohibido.
Sus manzanos eran ya los más bellos y productivos de toda la zona, pero su corazón era el más triste de todos los corazones del mundo.
Fue de esa manera y no de otra como consiguió compañía.
Durante el invierno y con la llegada del frio viento del norte llegó al pueblo en un Ford siete caballos (que sería la envidia de Mari Fe) la visita de una modernísima “empresaria” que comerciaba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y de país en país, buscando solo campos de manzanos.
La razón, por la que solo le interesaban los manzanos, nadie sabía, pues bien podían ser campos de naranjos o de hortalizas o...
¡Quién sabe!
La buena cuestión es que paseando por los alrededores de aquel pequeño pueblo descubrió la huerta de manzanos de Pedro de la cual se enamoró.
Recurriendo a la ayuda del ilustre alcalde, intentó comprar aquel campito que atraía pasiones. Presentándole a Pedro e intercediendo “un poquito” a su favor, le prometió a cambio a su esposa, aquel novedoso vehículo en el que se había presentado.

Quedaron todos pues, en la huerta de Pedro un día de hermoso sol de Enero a las tres de la tarde. Nerviosa estaba aquella mujer que pretendía contraer aquella huertecita con todas las demás huertas de manzanos que poseía por todo el mundo, y lo que bien contrajo fue matrimonio, al poco tiempo de juntarse sus ojillos enamorados del lugar con los también enamorados ojillos de la huerta de manzanos de Pedro.

La señora Adelaida no podía tener hijos, (se lo dijo el doctor a Pedro un día que éste fue a visitarlo afectado de un dolor de amor en su corazón) tal fue su desventura que Leopoldo la dejó y se marchó a Cuba. La señorita Adelaida avergonzada se refugió en su casita en la huerta.
Pasaban los días y no asistía a la escuela como era su deber. El alcalde don Juan Carlos le sugirió a su bella esposa que fuera al hablar con ella pues aquello era cosa sería.
Entonces surgió una gran amistad entre Mari Fe y la señorita Adelaida Ésta última no volvió a la escuela, pero en cambio heredó de alguna manera de su nueva amiga la pasión por el negocio de los huevos.
Y Mari Fe y el alcalde don Juan Carlos tuvieron una niña: Luisa.
Y Pedro y la “empresaria” tuvieron un niño: Ricardo Zabarcero.
Luisa de Mahón adquirió el apellido de su madre y a su vez el de su abuela, cuando el distinguido alcalde decidió fugarse a Teruel con una jovencita muchacha con el pelo más largo que se podía haber visto en aquel lugar desde que Mari Fe decidió cortárselo a la moda. Se dijo que desapareció en la costa catalana y nunca se supo más de él.
Mari Fe con su SEAT panda, con su hija Luisa y con su pelo cortado a la moda decidió irse de vacaciones a la playa erigiéndose a sí misma viuda (costumbre que tomó de su no difunto marido).
La “empresaria” esposa enamoradísima de Pedro y de sus manzanos se marchó un día a visitar sus numerosas tierras y…
Todavía la está esperando.
Ricardo Zabarcero al cumplir los veintidós se montó un puesto de frutas y verduras dos puestos más arriba del de la ya señora Adelaida.
Mari Fe iba todos los días a comprar una docena de huevos.
Fue así y solo así y con descendencia propia (que si lo pensamos bien, de otra manera no hubiera tenido) como entre puesto y puesto, se le devolvió a Pedro, (mientras supervisaba el negocio de su hijo) la oportunidad de poder saludar todos los días a la señora Adelaida. Bien se decía que había cierto roce…
Al llegar a casa, Luisa Mahón había olvidado el suceso del móvil, ahora solo tenía en su pensamiento la soledad que tras de sí le había dejado la muerte de su marido Ricardo Zabarcero. Pensaba pues, que estaba sola como se había quedado su madre hacía treinta años atrás.
De nuevo sonó el mensajero telefónico y fue así como se acordó del suceso en el cementerio, se levantó, buscando muy asustada, el teléfono móvil de su difunto marido sin siquiera mirar el nuevo mensaje recibido.
No lo encontró encima de la mesilla de noche, ni tampoco la encontró en el baño, ni en el armario… y a medida que iba buscando, sus lágrimas caían y le asustaba más la idea de que fuera real lo que podría estar ocurriendo.
De nuevo volvió a sonar el mensajero. Fue un segundo después de recordar que se lo había dado a su madre dos días antes.
Miró ahora el mensaje y decía:

De eso nada, no te vas a quedar ahí triste y melancólica.
Por desgracia te ha pasado lo que te ha pasado, pero recuerda que Ricardo Zabarcero siempre fue feliz junto a ti y tú fuiste feliz con él, y ahora que no está, querrá que sigas siendo feliz aún sin él. Borra esas lágrimas saladas de tu cara, lágrimas saladas como agua de mar.
Tus lágrimas son huellas de amor borradas por el mar.
Hija mía borra el dolor ese, ¡bórralo todo!, pero recuerda:

Las huellas borradas por el mar se pueden apreciar en la orilla de la playa, y no en otro lugar.

Así que... ¡… vente a la playa chica…!

Tu mami Mari Fe.