De eso nada.
Las huellas borradas por el mar se pueden apreciar en la orilla de la playa, y no en otro lugar.
Ese fue el mensaje que Ricardo Zabarcero envió a Luisa Mahón el día de su entierro.
Estaba enfrente del nicho y entre sus manos, un teléfono móvil le sugería muy amable que la persona del féretro le estaba hablando.
Dos pensamientos se cruzaron como un rayo veloz en su cerebro argentino, pues claro era que la hija de Mari Fé de Mahón tenía ascendencia argentina, pero vayamos al asunto en cuestión.
El mensaje era tan extraño que en lugar de confundirle su procedencia le absorbía su significado.
Alzó la mirada dirigiéndola al resto de familiares, amigos y conocidos allí reunidos.
Pensaba que quizás alguien le estaba tomando el pelo de una forma un tanto morbosa.
Pero no había ningún comportamiento sospechoso, la gente lloraba al difunto y todos se sumían en su dolor.
De nuevo miró el mensaje para comprobar una vez mas sí era cierto que Ricardo Zabarcero se había comunicado con ella.
Y así era, era cierto.
¿Qué debía hacer?, ¿debía decirle a alguien que estaban enterrado a alguien que enviaba mensajes por teléfono?, quizá… ¿debía desahogarse con alguien, contándole que alguna persona le había gastado una broma de mal gusto?
…
Durante unos segundos pensó. Y ante la situación decidió que una sola vez no era motivo de alarma. Tal vez algún despistado…
Prosiguió entonces su triste silencio ante aquel evento.
Después del entierro Luisa Mahón se dirigió hacia su coche que estaba aparcado delante del casino viejo, lo abrió, entró, se sentó y colocó las llaves dentro del contacto. Arrancó el viejo Ford siete caballos de su madre y doblando la esquina se dirigió hacia su casa.
Sólo quedaron la señora Adelaida y Pedro, su padre; un hombre enfermo del corazón a quién la muerte de su único hijo había afectado profundamente.
Tono, el campos entero, que no conocía a Ricardo Zabarcera, les miraba atentamente, esperaba el momento adecuado para ofrecerles su pésame. Finalmente se decidió y se acercó, tendió su mano a Pedro y depositó un beso en el frío rostro de la señora Adelaida. Después desapareció de entre los muchos pasillos fúnebres.
Ricardo Zabarcero tenía un puesto en el mercado de la avenida.
Se dedicaba a vender frutas y verduras y era muy feliz.
Él estaba casado con Luisa Mahón “la argentina”, pues su tatarabuela Rita lo era. Y era muy feliz.
Mari Fe de Mahón era una viuda rica que tenía un SEAT Panda y también era muy feliz.
La señora Adelaida, tenía un puesto de huevos dos puestos más abajo del de Ricardo.
A Mari Fe le gustaban mucho los huevos de la señora Adelaida e iba todos los días a comprar una docena. Nunca se sabía que hacía con tantos huevos, pero cada día renovaba su huevera.
Bien se sabía que entre la señora Adelaida y Pedro (el padre de Ricardo Zabarcero) había cierto roce. Todo empezó el día que llegó Mari Fe al pueblo hace cincuenta años. Era de un pueblo cercano, pero sus raíces venían de más lejos. Tenía entonces, el pelo más negro y largo de todo el pueblo y las piernas más largas de toda la región. Era una muchacha singular sin duda…
Parecía una salvaje salida de la selva de Sudamérica, y claro está cautivó más de un joven y no tan joven corazón.
Se dedicaba ella, entonces, a la venta de huevos. Vino cargada de huevos, como decían con tono irónico algunos muchachos del pueblo.
Pero era aparte de muy linda, una muchacha muy bondadosa y se casó, se casó con el hombre más rico de todo el pueblo.
Pedro era un agricultor muy refinado que tenía una pequeña huerta de manzanos que eran todo su orgullo. Siempre que iba al campo se arreglaba con el mejor de sus trajes, heredados de su padre el banquero, y se perfumaba como si fuera a conquistar a la mujer más bella del lugar. Se decía pues que estaba enamorado de sus manzanos. Pero las cosas no eran así.
Pedro bebía los vientos por la señorita Adelaida, la maestra del pueblo.
Los padres de ésta tenían una pequeña casita de verano en la huerta.
¡Qué casualidad que su huerta y la huerta de manzanos de Pedro eran colindarías!
Todos los días después de la escuela y antes de la comida la señorita Adelaida se paseaba por la huerta, según ella, era bueno aquel sol y aquel aire fresco, para su delicado cutis.
Pedro con aire distinguido la esperaba todos los días en las maderas del linde solo para saludarla.
Dos años duró aquel tímido y casi escondido saludo del día. Llegó el momento de buscar un pretendiente para la madurita ya, maestra del pueblo.
Así fue, Leopoldo Desventura era, el más indicado.
Pedro con sus manzanos se quedó.
Mari Fe enviudó inesperadamente tras la guerra. Sin huevos se quedó el pueblo. Pues según dicen las malas lenguas los huevos de Mari Fe, tras la muerte de su rico marido, se acabaron.
Mari Fe aún con un par de años más, seguía siendo las muchachas con el pelo más negro y largo del pueblo, la cual tenía las piernas más largas de toda la región.
Seguía despertando más pasiones que cualquier jovencita soltera.
El Alcalde don Juan Carlos, el cual erigía su cargo, como el del mismísimo rey (con su propio nombre), algunos decían que se lo había puesto él mismo; cayó rendido a los pies de la ex –huevera del pueblo.
Una noche de verano mientras la orquesta tocaba al son de la fiesta, éste ebrio de vino como nunca se había visto y a escondidas murmuró su amor al oído de Mari Fe que, medio dormida, estaba apoyada en un árbol.
Al mes siguiente contrajo de nuevo matrimonio Mari Fe.
Mientras, Pedro cada día más triste y cada año más rico lloraba todos los domingos en misa. Sentado en el último banco de la iglesia, le rogaba a Dios una esposa para consolar su soledad y llenar el vacío de su amor prohibido.
Sus manzanos eran ya los más bellos y productivos de toda la zona, pero su corazón era el más triste de todos los corazones del mundo.
Fue de esa manera y no de otra como consiguió compañía.
Durante el invierno y con la llegada del frio viento del norte llegó al pueblo en un Ford siete caballos (que sería la envidia de Mari Fe) la visita de una modernísima “empresaria” que comerciaba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y de país en país, buscando solo campos de manzanos.
La razón, por la que solo le interesaban los manzanos, nadie sabía, pues bien podían ser campos de naranjos o de hortalizas o...
¡Quién sabe!
La buena cuestión es que paseando por los alrededores de aquel pequeño pueblo descubrió la huerta de manzanos de Pedro de la cual se enamoró.
Recurriendo a la ayuda del ilustre alcalde, intentó comprar aquel campito que atraía pasiones. Presentándole a Pedro e intercediendo “un poquito” a su favor, le prometió a cambio a su esposa, aquel novedoso vehículo en el que se había presentado.
Quedaron todos pues, en la huerta de Pedro un día de hermoso sol de Enero a las tres de la tarde. Nerviosa estaba aquella mujer que pretendía contraer aquella huertecita con todas las demás huertas de manzanos que poseía por todo el mundo, y lo que bien contrajo fue matrimonio, al poco tiempo de juntarse sus ojillos enamorados del lugar con los también enamorados ojillos de la huerta de manzanos de Pedro.
La señora Adelaida no podía tener hijos, (se lo dijo el doctor a Pedro un día que éste fue a visitarlo afectado de un dolor de amor en su corazón) tal fue su desventura que Leopoldo la dejó y se marchó a Cuba. La señorita Adelaida avergonzada se refugió en su casita en la huerta.
Pasaban los días y no asistía a la escuela como era su deber. El alcalde don Juan Carlos le sugirió a su bella esposa que fuera al hablar con ella pues aquello era cosa sería.
Entonces surgió una gran amistad entre Mari Fe y la señorita Adelaida Ésta última no volvió a la escuela, pero en cambio heredó de alguna manera de su nueva amiga la pasión por el negocio de los huevos.
Y Mari Fe y el alcalde don Juan Carlos tuvieron una niña: Luisa.
Y Pedro y la “empresaria” tuvieron un niño: Ricardo Zabarcero.
Luisa de Mahón adquirió el apellido de su madre y a su vez el de su abuela, cuando el distinguido alcalde decidió fugarse a Teruel con una jovencita muchacha con el pelo más largo que se podía haber visto en aquel lugar desde que Mari Fe decidió cortárselo a la moda. Se dijo que desapareció en la costa catalana y nunca se supo más de él.
Mari Fe con su SEAT panda, con su hija Luisa y con su pelo cortado a la moda decidió irse de vacaciones a la playa erigiéndose a sí misma viuda (costumbre que tomó de su no difunto marido).
La “empresaria” esposa enamoradísima de Pedro y de sus manzanos se marchó un día a visitar sus numerosas tierras y…
Todavía la está esperando.
Ricardo Zabarcero al cumplir los veintidós se montó un puesto de frutas y verduras dos puestos más arriba del de la ya señora Adelaida.
Mari Fe iba todos los días a comprar una docena de huevos.
Fue así y solo así y con descendencia propia (que si lo pensamos bien, de otra manera no hubiera tenido) como entre puesto y puesto, se le devolvió a Pedro, (mientras supervisaba el negocio de su hijo) la oportunidad de poder saludar todos los días a la señora Adelaida. Bien se decía que había cierto roce…
Al llegar a casa, Luisa Mahón había olvidado el suceso del móvil, ahora solo tenía en su pensamiento la soledad que tras de sí le había dejado la muerte de su marido Ricardo Zabarcero. Pensaba pues, que estaba sola como se había quedado su madre hacía treinta años atrás.
De nuevo sonó el mensajero telefónico y fue así como se acordó del suceso en el cementerio, se levantó, buscando muy asustada, el teléfono móvil de su difunto marido sin siquiera mirar el nuevo mensaje recibido.
No lo encontró encima de la mesilla de noche, ni tampoco la encontró en el baño, ni en el armario… y a medida que iba buscando, sus lágrimas caían y le asustaba más la idea de que fuera real lo que podría estar ocurriendo.
De nuevo volvió a sonar el mensajero. Fue un segundo después de recordar que se lo había dado a su madre dos días antes.
Miró ahora el mensaje y decía:
De eso nada, no te vas a quedar ahí triste y melancólica.
Por desgracia te ha pasado lo que te ha pasado, pero recuerda que Ricardo Zabarcero siempre fue feliz junto a ti y tú fuiste feliz con él, y ahora que no está, querrá que sigas siendo feliz aún sin él. Borra esas lágrimas saladas de tu cara, lágrimas saladas como agua de mar.
Tus lágrimas son huellas de amor borradas por el mar.
Hija mía borra el dolor ese, ¡bórralo todo!, pero recuerda:
Las huellas borradas por el mar se pueden apreciar en la orilla de la playa, y no en otro lugar.
Así que... ¡… vente a la playa chica…!
Tu mami Mari Fe.